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Una vez analizadas las candidaturas para el Balón de Oro en cuanto a jugadores, llega el turno de los entrenadores. Los méritos de Del Bosque y Mourinho son evidentes, brutales y con records dificilmente igualables. Vicente logró, con nuestra Roja, completar un trébol nunca antes visto en las competiciones de selecciones, con un 4-0 brillante, incontestable y sin paliativos contra la sorprendente y veterana Italia de Prandelli y Pirlo. Por otro lado, Mourinho ganó la Liga con 100 puntos, 121 goles y la guinda de dar el golpe de autoridad que la finiquitaba en el campo del eterno rival. Además fue una máquina de aplastar rivales a la contra y, como el Barça, se quedó a la puertas de la final de Champions porque la diosa fortuna no en sonrió en momentos determinantes.

Son unos avales prodigiosos para don Vicente y Mourinho, y entre ellos se cuela Pep Guardiola, cuyo único titulo ha sido una Copa del Rey, mientras que Di Matteo, campeón de la UCL y la FA Cup, se queda fuera de la terna. Este es el argumento que algunos esgrimen para calificar el galardón de poco menos que un atraco a mano armada, pero frente a la Champions estéril del italiano se encuentra un entrenador revolucionario de éste deporte. Muchos no querrán hacer ejercicio de memoria voluntario, pero amablemente les invito a recordar que Pep usó un 3-4-3 cuando se jugaba la Liga y un inédito 3-3-4 en la vuelta de Champions, sistemas que son el más claro síntoma de un equipo que jamás dio la espalda a su estilo, que siempre llevó la iniciativa y que apostó, partido si y partido también, por un fútbol preciosista y ofensivo.

Un buen entrenador no solo se caracteriza por sus títulos, sino por su capacidad de trascender algún modo en este juego. Parafraseando al propio Pep tras el 5-0, del que ayer se cumplieron dos años: ” Se han ganado ‘solo’ 14 títulos, nada más, pero lo que queda para siempre es el cómo “. Eso es lo que se le premia a Pep, el triunfo de un estilo inventado por Cruyff, modificado por Rijkaard y sublimado por él mismo.

En el fútbol mandan los resultados, pero al aficionado no le gusta que le tomen el pelo. Por eso mañana nadie recordará a Di Matteo, y la historia se encargará de que el milagro blue fuese solo un grano de arena en el inmenso desierto que nos dejan Mou, Vicente y Pep. Qué merecido lo tendrá quien gane en enero.

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Si nos adentramos en el conocimiento musical a lo largo de las épocas, probablemente diríamos que el mejor compositor de música clásica fue Wolfgang Amadeus Mozart. Su música era conocida en el mundo entero, inconfundible para quien tuviese el privilegio de oírla y requerida siempre para las ocasiones del más alto standing en el Sacro Imperio Romano Germánico. Solo su prematura muerte pudo parar al genio austriaco. Podemos extrapolar esta historia a Pep Guardiola y a su Barça. Probablemente Pep, director de orquesta del mejor equipo de todos los tiempos, sufrió un fallecimiento demasiado pronto en cuanto a ideas tras haber firmado cuatro años de auténtico ensueño en Europa y el mundo. Cualquiera que asistiera a su función salía tan saciado de espectáculo como necesitado de una dosis adicional de proezas técnicas y tácticas. El caviar del mundo fútbol era su Barça.

Pasando de la tranquila elegancia de la música clásica nos adentramos en el mundo de la guitarra eléctrica, que encuentra en John Petrucci, guitarrista de Dream Theater, al abanderado de la velocidad en seis cuerdas, con un estilo ácido, eléctrico y capaz de revolucionar al público allá por donde pase, dotando de una superlativa emoción cualquier pieza que pase por sus manos. Es el caso de Tito, el ayudante del Mozart del banquillo. Su estilo ha hecho que se guarden instrumentos de cuerda y viento para dar paso a la electricidad, a la locura y a la adrenalina de hacer todo rápido y correctamente. Con Jordi Alba como el arquetipo de este Barça supersónico, Tito apuesta por menos decoro y más efectividad, logrando hacer añicos toda estadística positiva de un entrenador debutante a estas alturas de temporada.

Y, por último, el más grande de todos los tiempos, Jimmy Hendrix, el dueño de la guitarra, el señor de la música, quien marcó un antes y un después en la historia de éste arte y el único guitarrista al que cualquier calificativo se le quedaba pequeño. Con un balón, no puede ser otro que Leo Messi. El astro argentino mueve el esférico a su antojo, lo esconde, lo amasa, lo para y, cuando el tiempo ha dejado de ser ralentizado por el rosarino, lo encuentras besando las mallas o como diagonal de lujo para un compañero. No habrá nadie como él.

Y es que este Barça es el resultado de una hermosa melodía barroca; pinceladas de sonatas vertiginosas; y el poder de interpretar siempre de maravilla la pieza de un loco bajito. Que no cese la música.